martes, 10 de abril de 2012

LA PASCUA






 Por: Víctor Manuel MUÑOZ RESTREPO, cjm.


Decía una vieja tradición judía, surgida antes del derrumbamiento del Imperio romano, que, cuando viniera el Mesías, aparecería en medio de los mendigos que dormían en las afueras de Roma, fuera de los muros protectores de la ciudad. Sería uno de los muchos expulsados de la vida urbana, un habitante de los arrabales, un marginal o marginado. Por eso,  Lucas narra que Jesús nace fuera de la ciudad (2,7) y la carta a los Hebreos indica que fuera de la ciudad muere (Heb 13,12).

¿No esto lo que significa el misterio pascual vivido desde la circunstancia del mundo contemporáneo? Pascua es cruzar una frontera, vivir en una encrucijada de caminos, encarnar la fe como una crucialidad que nos lleva a salir de nuestro pequeño, limitado mundo donde estamos esclavizados por el egoísmo, el narcisismo, el bienestar, hacia una tierra abierta en la que podamos cooperar con la acción del Espíritu liberando a los oprimidos. Es hacerse, de algún modo, emigrante para salvar a los marginados, a los emigrantes, de todas las injusticias que padecen.

Nuestros hermanos judíos tienen una fiesta central en su año litúrgico denominada “Asseret yeme teshuva”. Significa “los diez días de la conversión”. Se sitúa antes de la fiesta de “Rosh ha-shana” o comienzo del año y la del “Yom Kippur” o “Día del Perdón”. (Todo cae entre septiembre y octubre). Diríamos que es el tiempo dedicado a vivir y celebrar la conversión, algo similar a nuestra cuaresma.

Pues bien, ese término, conversión lo expresa con el vocablo hebreo “teshuva” que significa propiamente desandar el camino, retornar. Pero no se  trata aquí simplemente de volver al origen, sino de arrepentirse de los malos pasos dados e iniciar una andadura distinta. Así surge algo nuevo, el año nuevo y el perdón de Dios.

El cristiano vive en la cuaresma, como preparación a la pascua, su tiempo de “teshuva”. También para el cristiano significa este tiempo algo más que penitencia. Es conversión, viraje, cambio radical, reorientación (en griego “metanoía”). Vive lo que narra la parábola del Hijo pródigo. Retorna a la casa paterna. Pero vuelve no para buscar el seno materno-paterno infantilmente ni para quedarse en los orígenes, sino para iniciar un nuevo itinerario tras haber renovado su experiencia del amor paterno-materno de Dios que le perdona. Dios hace que renazca dentro de su interior la confianza fundamental de su identidad, es decir, en su vocación única, intransferible, para trabajar por la llegada del Reino de Dios.

De ese modo, el creyente se va preparando a realizar el cruce de fronteras, que es la pascua entendida en su sentido originario de “pesaj”, es decir, de tránsito, travesía, paso del hombre viejo al hombre nuevo, de la vida caduca y limitada a la vida eterna e inmortal, de la esclavitud a la liberación plena. Así va madurando en la semilla de la resurrección.

En cada pascua semanal, en cada eucaristía dominical (también, en la diaria) cantamos “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Y luego clamamos suplicantes: “Ven Señor Jesús”. Cuando llegue la pascua última, la de la parusía, se habrá superado esta antinomia entre el presente y el futuro, entre el ya y el todavía no. Habrá llegado la hora nupcial de las bodas del Cordero.

Invitados a ellas, “los que blanquearon sus túnicas en la sangre del Cordero…ya nunca tendrán ni hambre ni sed ni calor agobiante…Dios enjugará las lágrimas de sus ojos…Y ya no habrá ni muerte ni luto ni dolor, porque lo viejo ha pasado” (Apoc 7,14-17; 21,4.9). 



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